Como un sol cansado, el día amanece
solo para apagarse.
La tarde me reclama,
la noche se reconoce,
y me entrego a su vals,
en esa espiral que habita en mi cabeza,
dando vuelta, vuelta y vuelta.
Hubo un tiempo en que creí
que cada día traía un libro nuevo.
Pero hoy, el eco se repite
el mismo libro se hace rito.
Aquí, el dolor tiene sentido.
La niña que condenaste persigue tu perdón,
escondida y silenciosa.
Jura y perjura a la muerte,
arrojada a sus aguas,
aún flota,
traicionando a la vida con cada aliento.
Estos restos,
estos trozos de ti,
no alcanzan
para inventar la felicidad de mañana.
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