En un viernes sonámbulo,
el canto del gallo
encuentra vida en la muerte.
“Hoy estarás conmigo en el paraíso”, dijiste,
pero el cielo es ausente
y no baja ningún ángel.
Desde templos adornados
se predica el perdón,
pero se ignora el suspiro
de almas cansadas,
y el discurso sagrado
se aleja de la compasión.
Demora, Señor,
la hora de los clavos en mi carne,
pues a ti debo ser semejante.
Me enseñaron a amar el sufrimiento,
a ver redención en cada herida.
Dicen que, al sufrir contigo, me parezco.
¿Es mi carne la ofrenda?,
¿es mi culpa el altar?,
¿o solo es una doctrina
que me quiere culpar?
Humano como tú,
que conociste el miedo,
como yo, que tropiezo y dudo
en cada dogma que no abraza.
Hoy contemplo tu cruz,
no con celebración,
sino con temor y respeto.
Porque tu muerte
no fue un espectáculo,
sino una protesta
contra el poder sin alma
y la injusticia.
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